jueves, 13 de septiembre de 2007

Desaparicion de un Pueblo Entero Misterios


Desaparicion de un Pueblo entero


El batallón perdido en Gallipoli o los defensores de Nanking son simplemente unos ejemplos de las miles de desapariciones que se producen sin que se vuelva a saber nada de los desaparecidos ni de la verdadera naturaleza que originó tal desaparición.

Entre las teorías se barajan las interrupciones en el tiempo, las puertas interdimensionales, los vórtices inferiores...

Tal vez una de las mas fantásticas, de la que todo el mundo habla y de la que menos se sabe de las circunstancias que rodearon su descubrimiento, es la de la desaparición de un poblado esquimal completo, en los márgenes del lago Angikini, cerca de la bahía de Hudson, en Canadá.

Hasta hoy las autoridades canadienses no han sido capaces de resolver este enigma o de entrar en contacto con miembros o descendientes de aquella tribu. Es prácticamente como si ella nunca hubiese existido.

El misterio, sacado de los anales de la Policía Montada, surgió en noviembre en 1930, cuando un cazador de pieles llamado Joe Labelle entró, caminando con su trineo de perros, en un poblado que él conocía bien, pues acudía con regularidad para negociar con pieles y carne seca, y que se encontraba completamente desierto. La última vez que Labelle había estado allí el poblado era un asentamiento agitado y lleno de vida. Ahora, en vez de ser recibido por caniñosas muestras de afecto, sólo el silencio salió a recibirle.

Al no ver a nadie el trampero buscó desesperadamente algún tipo de pista que le llevase a explicar la situación, pero fue inútil.

Los caciques de las tribus esquimales mantenía la costumbre de guardar en sus chozas los artículos esenciales par la vida de la tribu y en la del jefe de este poblado no faltaba nada, como si no se hubieran ido. En las fogatas apagadas del campamento se encontraba el guisado de carne de caribú congelado, que era el plato rutinario de la tribu. Todo estaba en su lugar, salvo las personas. Era como si la comunidad entera hubiese abandonado sus casas en medio de un día normal. Las labores de las mujeres estaban interrumpidas con las agujas de hueso pasadas por los tejidos y los rifles detrás de las puertas. Pero había otro detalla directamente relacionado con la ausencia del poblado: Labelle verificó, profundamente extrañado, que tampoco había ningún rastro del camino que habían seguido los pobladores a la hora de abandonar el campamento, pues no había huellas en el suelo y las canoas estaban amarradas a la orilla del lago, aunque rotas por la acción del viento y las piedras.

Invadido por un extraño y mórbido sentimiento de terror, el cazador inició un larguísimo viaje de ida y vuelta sobre llanuras heladas para alertar a la Real Policía Montada de Canadá, que nunca había oído nada parecido. Inmediatamente fue organizada una expedición a fin de investigar el poblado y los márgenes del lago. No fue posible encontrar ninguna pista y la expedición sólo sirvió para aumentar aún más el misterio. La llegar al desierto campamento, la policía encontró dos pruebas que insinuaban definitivamente la posibilidad de que hubiera ocurrido un suceso sobrenatural. En primer lugar descubrirían que los esquimales no se habían llevado sus trineos tirados por perros, de hecho estos aparecieron atados a sus estacas, cubiertos de nieve acumulada por el viento y parcialmente devorados unos a otros, en un intento de evitar la muerte por inanición.

En segundo lugar, y en algunos aspectos lo más desconcertante, fue el descubrimiento realizado en el cementerio del poblado. Los esquimales no cavan una fosa para enterrar a sus difuntos sino que cubren los cadáveres con montículos de piedra. Pues bien, las tumbas fueron desmontadas y los restos había desaparecido.

Estos dos hechos dejaría a las autoridades perplejas. Los esquimales nunca podrían haber viajado sin uno de sus dos medios de transporte típicos, los trineos o las raquetas, de hacerlo hubiera supuesto la muerte. Y jamás dejarían que sus más fieles sirvientes, los perros, murieran de una forma tan lenta y dolorosa, antes los soltarían y los dejarían a su suerte.

El segundo enigma, el de las tumbas abiertas, lo eran lo bastante para los etnólogos familiarizados con el comportamiento de las tribus, pues la profanación de tumbas es desconocida entre los esquimales.

Las acciones que continuó realizando la policía les llevó a preguntar a todas las tribus cercana, y aún de más allá, a los tramperos y puso en alerta a todas las unidades de policía que se encontraban en la región. Sus investigaciones fueron infructuosas.

Como afirmó un oficial de la policía montada: “ese acontecimiento es, de manera general, físicamente imposible”.

Desde entonces esa afirmación todavía sigue siendo verdadera.