jueves, 28 de febrero de 2008

Historia de Terror Trabajando de Noche


Odio el turno de noche. De verdad que lo odio. Sobre todo desde que me trasladaron allí, aunque algunos digan que tuve suerte.

Los pacientes que tengo a mi cargo no se quejan demasiado, o sea, nada.
Son muy tranquilos. ¿Será porque están muertos?

Aquí en el depósito casi nunca pasa nada interesante, solo tengo que recibir al fiambre, lo siento, cadáver, apuntar la hora de entrada y meterlo en el frigorífico. La verdad es que esa tarea puede ser perfectamente realizada por una persona, pero claro, a alguno de los de arriba se le ocurrió que todavía había algunos parientes sin trabajo, no se si me entendéis, así que decidieron ponerme un compañero. Para el caso, compañera.

No miento si digo que tuve suerte, porque la chica era muy guapa, y estaba de muy buen ver. ¿Para que describirla si ya os la estaréis imaginando? Además era eficiente y simpática. Si señor, todo un portento. Laura se llamaba.

Los primeros días fueron difíciles sobre todo para ella, que era una recién salida de la facultad, y la verdad no es que estuviese muy acostumbrada a ver muertos de tanta variedad. ¿Sabéis que en las facultades de medicina solo tienen un cuerpo? Lo que pasa es que como sufre tantas operaciones al cabo del día, al siguiente parece otra persona. Pretendo ser gracioso.

La cuestión es que ella no lo llevaba bien y poco a poco empezó a cambiar. Me decía que no podía dormir, y que apenas descansaba durante el día. Decía que cada vez que cerraba los ojos veía sus ojos. ¿Los de quien? Los de los muertos. Si, así como suena, los de los muertos. Ojos vidriosos carentes de vida que la vigilaban a todas las horas, pero sobre todo cuando cerraba los ojos.

Yo intente ayudarla, mas no lo conseguí, porque un día me vino con que un cadáver le había hablado. Era de noche y yo intentaba leer un libraco intragable que un amigo mío me había aconsejado. Para que te fíes de ellos.

La jornada había sido tranquila, y solo habían ingresado dos cuerpos, eso si, uno de ellos no queráis saber su estado. Un accidente de coche debido al alcohol y a la juerga nocturna.

Creo incluso que le faltaban algunos trozos. Su cabeza se había estampado contra el volante y le había volado la tapa de los sesos. De la misma presión su ojo izquierdo había saltado y sabe dios por donde andaría. Y esa fue la causa. A punto estaba de dar una cabezada leyendo uno de esos capítulos, cuando escuché un grito sobrenatural.

Bueno, eso lo pensé yo porque en medio de ese silencio, un grito enorme, ya me diréis. Casi me lo hago encima, porque acto seguido un portazo en la sala donde yo me encontraba y Laura entrando con cara de poseída. Cuando conseguí recobrarme, intente tranquilizarla, cosa difícil, pues a mi me había puesto de los nervios, e intente que me dijera lo que le había sucedido.

Ella solo respondió,"Me ha preguntado que donde estaba su ojo." ¿Como? "Se ha levantado y me ha preguntado que donde estaba su ojo" Un escalofrió me recorrió la espina dorsal. Por un momento me imagine esa masa de carne deforme levantándose de la mesa de autopsias, preguntando por su ojo. Absurdo. Llame al jefe de personal, y le conté que a Laura le dio una crisis de ansiedad y bla bla... para que se fuese a casa a lo que accedió.

Pero parecía que el destino quería gastarle una broma muy macabra a Laura, porque a la noche siguiente, debido a un fallo en no se qué papeleo el cuerpo del desfigurado tuvo que quedarse una noche mas en el depósito. Laura parecía mas tranquila, aunque yo intente que no estuviera sola y sobre todo, que no viese el cuerpo.

De vez en cuando pienso que hay alguien o algo que mueve unos invisibles hilos, para que ocurran ciertos acontecimientos. A la mitad de la madrugada me sobresaltó un ruido. Sin darme cuenta me había quedado traspuesto por culpa del maldito libro y ese sonido me sacó del trance. Sonaba como un chirrido. Llamé a mi compañera. No contestó. Insistí. Ruido de cristales rotos. Gritos de mujer. Corrí como alma que lleva el diablo hacia la Zona frigorífica, mas el camino se me hizo eterno, como en un mal sueño en el que te persiguen criaturas espantosas y tus pies pesan una tonelada.

La puerta metálica del almacén estaba cerrada, y al abrirla algo la atrancó. Empujé con fuerza una, dos y...tres. Al abrirse violentamente, entré cegado por la adrenalina, resbalando cayendo al suelo golpeándome fuertemente la cabeza. Cuando recobré el conocimiento, lo primero que vi fue una estantería volcada en el suelo con todo el material esparcido y destrozado por el suelo. Bien ya sabemos la causa de que estuviese la puerta atrancada, pero el calor y la viscosidad que me envolvía me hizo sentir como si careciera de gravedad. Dios mío, que no sea rojo. Lo es. Aterrorizado, caí en la cuenta de que estaba tumbado sobre abundante liquido rojo. Sangre. Pero al girar la cabeza fue lo que provocó en mí que el mundo se me hundiera bajo mi cuerpo, dejándome en un estado de shock, que lamentablemente no me dejo inconsciente, y pude distinguir perfectamente lo que tenía ante mí.

Unos ojos desorbitados que se habían vuelto tanto hacia arriba que, que solo quedaba visible lo blanco. La mandíbula estaba tan abierta por el terror que se había desencajado. Su piel estaba tan blanca que se podían ver a través de ella los violáceos capilares sanguíneos. Salté intentando ponerme de pie, pero me caí sentado al fondo de la habitación donde vislumbre todo el cuadro. Laura estaba tendida de costado, si bajo esa máscara de horrible terror, se encontraba la que en su día fue Laura.

La habitación tenía el suelo lleno de sangre. Sangre que había manado de su cuello. Dios su cuello. Si se podía llamar así. Con toda su musculatura, sus arterias y la faringe a la vista. Una enorme brecha le había cercenado de una oreja, a la otra, pero no un corte limpio, sino espantosamente dibujado. Todas las sábanas de los cuerpos de su alrededor estaban teñidas de ocre dándole al espectáculo un toque del mismísimo infierno. En su mano, vi la causa de toda la tragedia. El cuello roto de una botella de suero. Dios, Laura por fin había perdido el juicio y este fue su final.

Estuve, un par de días sin poder ir a trabajar, pero tuve que reincorporarme de nuevo. Mi compañero al que relevaba me puso al día, y al ver la lista del almacén mi corazón dio un vuelco y casi salta por mi garganta. Allí estaba. El accidentado. El deforme. Por lo visto no habían solucionado el papeleo.

Las horas pasaron lentamente, y una curiosidad mórbida se apoderó de mí. Tenía que verlo. Por su culpa Laura se suicidó. ¿O no? Así que fui al almacén. Allí entre el silencio de ultratumba se encontraba la cámara donde se encontraba. Hacía frío. Los otros cuerpos fueron testigos mudos de mi desfile hasta la pequeña puerta metálica. Con templanza la abrí poco a poco, y un chirrido de bisagras oxidadas se escuchó. No se porque, pero tiré demasiado fuerte de la camilla donde se encontraba el cadáver, y por el golpe el brazo derecho se descubrió un poco, dejando ver una muy pálida mano. Entonces fue cuando lo vi. Mi capacidad de razonar luchaba con lo que mis ojos estaban contemplando. En sus fríos dedos, firmemente clavados en ellos. Cristales. No. Aquello no podía ser cierto. Ella sola se lo hizo y no otra persona. Ese lugar carece de ventanas y la puerta estaba cerrada.

Ella se quitó la vida. Pero ¿esa expresión aterradora? ¿Que vio? No, no podía ser. Pero algo crujió y esos fríos dedos se clavaron en la carne de mi brazo, helandome toda la sangre de mi cuerpo, y paralizandome el corazon.

Y ya no recuerdo mas, les juro que es cierto. Por eso odio los turnos de noche. ¿Verdad que usted también los odia, enfermera? ¿Que hace? ¿Por qué me afeita la cabeza? ¿Me va a doler...?

Gracias a Adam crowley de relatos.escalofrio.com