domingo, 30 de noviembre de 2008

Chiste La Esposa Divorciada


Chiste

La Esposa Divorciada

No hay nada peor que una esposa divorciada con ganas de vengarse...

La mujer, recién divorciada, pasó el primer día bien triste, empacando sus cosas en baúles y maletas y su mobiliario en grandes cajas. El segundo día vinieron y recogieron sus pertenencias y muebles. El tercer día se sentó en el suelo en el comedor vacío, puso música suave, dos velas, dos kilos de camarones, un plato de caviar y una botella de vino blanco frío.

Cuando terminó todo eso, desmontó todas las barras de las cortinas de cada cuarto, le quitó los tapones de los extremos y dentro le puso la mitad de los camarones y un buen poco de caviar y las colocó de nuevo con sus tapones de los extremos.
Cuando el marido regresó a la casa se mudó con nuevos muebles y con nueva novia.
Todo fue perfecto los primeros días.

Lentamente, la casa empezó a oler feo.

Trataron de todo, limpiaron, trapearon y airearon toda la casa. Los ventiladores fueron chequeados por si hubiera ratones muertos y las alfombras fueron lavadas. En cada esquina se colgaron perfumadores de aire. Se gastaron cientos de botes de spray de olor. Hasta pagaron para cambiar todas las caras alfombras de la casa.

Nada funcionó.

Nadie volvió a visitarlos.

Los trabajadores se negaban a trabajar en la casa y hasta la sirvienta renunció.
Finalmente, el marido y la "NUEVA" tuvieron que mudarse, desesperados.
Todavía, al mes, no habían encontrado a quién venderle la hedionda casa.
Inclusive los vendedores se negaban a responder a sus llamadas.
Decidieron gastar muchísimo dinero comprando una nueva casa.

La "ex " llamó al hombre por el trámite de divorcio, y le preguntó cómo estaba.
El le contestó que bien, que estaba vendiendo la casa, pero sin decirle las verdaderas razones. Ella lo escuchó con mucha calma y le dijo que ella extrañaba demasiado la casa y que hablaría con los abogados para arreglar los papeles con tal de conseguir la casa de nuevo.

Sabiendo que su ex esposa no tenía la menor idea del mal olor, él aceptó la negociación por una décima parte del precio real de la casa, con la condición que ella firmara ese mismo día.

Ella aceptó y, en menos de una hora, él le mandó los papeles para firmarlos.

Una semana más tarde, el hombre y su "nueva" se pararon en la puerta de la vieja casa, con una sonrisa en los labios, viendo cómo empacaban todos sus muebles y los metían en un camión camino a su nueva casa ... ¡incluyendo las barras de las cortinas!